Pbro. Lic. Elpidio Pérez Portilla
Mateo 9,36-10,8
Hay que notar una diferencia con la teología de Ex. 19, 2-6 donde la fuerza de la antigua Alianza estaba en la identidad de un pueblo de sacerdotes y apartado del mundo por la santidad. Jesús el Hijo de Dios, le dio un nuevo rostro más humano a este pueblo. Ya no es la teología de lo sagrado lo que prevalece, sino la identidad de un pueblo sencillo, perdido, débil, sin santidad aparente. Para eso instituyó a los “Doce”, cuya misión no será apartarlo de los demás pueblos paganos, sino curar sus heridas, sus miserias y atender a sus necesidades urgentes.
Jesús es modelo de “pastor” que “se compadece” del pueblo. El verbo splagnízomai, que significa “estremecimiento” del seno materno ante su hijo; actitud de una madre, incluso cuando ya su hijo se ha alejado de ella. Es un amor gratuito, activo y generoso de quien se siente parte del otro y sufre con el otro.
Mateo, habla de la bondad y la misericordia de Jesús, que alivia las miserias del pueblo. Jesús es buen pastor, pero actúa como una madre. Los “Doce”, son el signo de un pueblo nuevo que Jesús quiere congregar. Que sean “pastores” que no actúen como los sacerdotes del Antiguo Testamento (AT). Los sacerdotes no se compadecieron del pueblo por salvar la “santidad” de Yahvé. El pueblo está enfermo y necesita a una madre que tenga entrañas de misericordia. Que cure las enfermedades.
Porque es Dios mismo quiere presentarse así, como una madre más que como un Dios que abusa de su santidad, de su misterio y su lejanía. Aquí están los fundamentos de una misión menos nacionalista, y que los “Doce” vayan a todo el mundo. El nuevo Pueblo de Dios no debe estar separado de las demás naciones si no, que debe estar en comunión con todos los pueblos. La compasión de Jesús destruye, la religión nacionalista de la antigua alianza. Jesús, nos enseña a ser una “humanidad compadecida”.
La Alianza (Ex 19-2-6)
Es una teofanía (manifestación de Dios) a Moisés, que le comunica sus decisiones más importantes y cultuales sobre el pueblo. Aquí están mezcladas tradiciones (J, E, L). Es una tradición sagrada de Sinaí, preisraelita. Estas tradiciones muestran una identidad y una relación: la identidad de un pueblo, que llega a convertirse en el confidente de Dios; que lo hace distinto de los demás pueblos. Aunque no necesariamente para alejarse de ellos, sino para ser intermediario del mismo Dios con la humanidad. Por eso, Dios ha escogido a Israel; he hizo una Alianza con él, (a semejanza de los reyes y emperadores).
El concepto alianza es el hilo del Antiguo Testamento y la clave de la teología y espiritualidad de la religión de Israel. Esto no lo entendió siempre así Israel, pero los profetas se los recordaban. Para desmitificar y exigir muchas cosas a ese pueblo y a su religión. La verdadera alianza es una desmitificación de lo sagrado, de lo santo; que exige relaciones más profundas entre Dios y los suyos.
Dios es como dueño y Señor del pueblo que liberó de la esclavitud de Egipto. El pueblo de Israel es como su presa, la que nadie le puede arrebatar. Pero la condición para no ser abandonados de nuevo en el desierto es que escuchen su voz y cumplan su alianza.
La alianza es la quinta esencia de la identidad del pueblo de Dios, por la que pasa a ser propiedad particular, segulah, “posesión”, de ese Dios, al que nadie podrá tocar. «Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo» (Ex 6, 7; Lev. 26, 12; Dt 26, 16-19). No obstante, por infidelidades en la historia religiosa de Israel, se renueva la alianza incluso en tiempos de Moisés (Ex 34,10-28); de Josué (Jos 8,30-35); de David (2Sam 7,8-16) y de Salomón (1 Re-8,14-29).
Sin embargo, las repetidas infidelidades del pueblo y los consiguientes castigos hacen que los profetas anuncien una alianza nueva (Is 42,6). Y, por ello, muchos profetas fueron rechazados. La Alianza, como la religión, no puede quedar petrificada, sino que debe ser algo vivo.
Por eso, el mito de un “reino de sacerdotes y una nación santa” no es profético. Los sacerdotes eran los que estaban al servicio de lo santo, y lo santo es lo intocable. Es, pues, una teología de lo sagrado, de lo alejado de los otros pueblos y naciones extranjeras (paganos). Y con el tiempo, fueron alejando también cada vez más a Dios hasta hacerlo inaccesible e impenetrable. Dios es santo, separado, qadosh, y, así, querían los sacerdotes que fuera el pueblo separado de los paganos porque es “propiedad de Yahvé” (segulah). Aunque, Dios que liberó al pueblo de la esclavitud. Tenía para el futuro, un proyecto distinto, más humano, donde la santidad suya y la del pueblo no implicara necesariamente exiliarse o separase de la humanidad.
Romanos (5,6-11): muerte salvadora y reconciliadora
Explica por qué Cristo entrega su vida por los pecadores. Lo normal, es morir por una persona inocente. Pero los hombres se apartaron de Dios, y Cristo dio su vida por nosotros. No esperó que los hombres se conviertan a Dios o que fueran santos e intachables.
El Pueblo de Dios no pudo llegar a ser una nación sacerdotal y santa. Porque el pecado se apoderó del pueblo de la alianza. Según una teología moral veterotestamentaria Dios debería destruir a este pueblo. Sin embargo, Dios no rompe su alianza y por ello, la muerte de Cristo es la prueba del amor de Dios por nosotros, por los judíos y los paganos. La sangre de Cristo no debe interpretarse ya en la necesidad sacrificial del culto del Antiguo Testamento. Cristo ha dado su vida para la salvación y liberación de un nuevo pueblo.
En Romanos 5, explica: el amor de Dios como solución a la humanidad perdida. Cristo nos ha reconciliado. La teología de la reconciliación explica la muerte redentora de Cristo, para reconciliar a los pueblos enemigos. Pablo entiende su misión de apóstol de Dios con la tarea de reconciliar (cf. 2Cor 5,11-6,10). En la reconciliación cristiana es Dios quien toma la iniciativa con todos los efectos. Dios no es enemigo de la humanidad, la reconciliación trae paz, justicia, fraternidad y comunión.


