¡ADIÓS CLASES, HOLA VACACIONES!

Pbro. Amador Vázquez Rodríguez

Las vacaciones escolares son una excelente oportunidad para crear recuerdos inolvidables y disfrutar de momentos juntos en familia, según cada hijo y en la etapa que esté viviendo. Julio y agosto, meses de descanso escolar, pero también de ciertas ocupaciones con relación a continuar en la formación de sus hijos (si es que son pequeños o adolescentes) como ubicar escuela, discernir la vocación o reforzar lo escalado (si ya se ubicaron). El no acudir a la escuela, ¿qué panorama contemplan frente a ustedes, señores padres de familia? Si alguno de sus hijos, ya no desea estudiar ¿Cómo ayudarlo a encontrar su lugar en el universo?

Para este tema, me permito apoyarme en el contenido del libro del 3er Nivel                    —curso— del Movimiento Familiar Cristiano (MFC), con el afán de iluminar a los papás de un niño o joven, para que, a su vez, ellos tengan herramientas y colaboren en la elección siempre de acuerdo con su vocación —tarea o misión— que Dios les dio desde su concepción. Darle un sentido sabio a su vida, sin miedo, sin ansiedad, no desconectados de sí mismos. Papás: Continúen con su lectura serena…

CULTIVAR LAS VOCACIONES EN LA FAMILIA

I DE III PARTES

“Deseo, ante todo, llamar la atención hacia la urgencia de promover las que podemos llamar actitudes vocacionales de fondo, que originan una auténtica cultura vocacional. Esas actitudes son: la formación de las conciencias, la sensibilidad ante los valores espirituales y morales, la promoción y defensa de los ideales de la fraternidad humana, del carácter sagrado de la vida humana, de la solidaridad social y del orden civil. Se trata de lograr una cultura que permita al hombre moderno volverse a encontrar así mismo, recuperando los valores superiores del amor, amistad, oración y contemplación” (san Juan Pablo II, Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, 8 de septiembre de 1992).  

PROFUNDIZAMOS EL MENSAJE

La cultura vocacional: Plantando vocaciones en tierra fértil

  1. El término cultura proviene del verbo en latín colere que significa cultivar o fomentar. Esta raíz etimológica nos ayuda a entender que la cultura tiene que ver con todo lo que hacemos para realizarnos plenamente como personas. Al igual que el agricultor prepara y cultiva la tierra fértil donde siembra la semilla, la cultura vocacional es como un terreno fértil donde se siembra la semilla del autoconocimiento y el discernimiento en el que las personas exploran, descubren y abrazan su vocación.
  2. La cultura vocacional es necesaria para que la evangelización, no se limite a transmitir un dato teórico o una tradición, sino que motive y enriquezca la fe con la creatividad y la responsabilidad de cada uno de los bautizados que se han encontrado con Cristo y buscan la manera de responder al Espíritu Santo para transformar al mundo y convertirlo en tierra fértil en la cual sembrar vocaciones.
  3. La familia es como el huerto donde la cultura vocacional florece con mayor naturalidad. Esta cultura va más allá de un simple conjunto de creencias, valores o prácticas. Es un estilo de vida y un estilo formativo que brota del corazón de una comunidad cristiana, un modo de ser que invita a cada persona y familia a descubrir su misión específica en el mundo, a fin de que cada uno ponga sus talentos y dones al servicio de los demás.

Los ingredientes de la cultura vocacional

  • Las voces de dos Papas nos ayudan en el camino para desarrollar la cultura vocacional. San Juan Pablo II nos invita a vivirla como una integración de tres dimensiones: La intelectual, la afectiva y la práctica. Por su parte el Papa Francisco nos ofrece una brújula que orienta la formación de las personas y nos ayuda a navegar por estas tres dimensiones: Del lenguaje de la cabeza, para pensar claramente lo que pensamos y hacemos; el lenguaje del corazón, para sentir bien y profundamente lo que pensamos y hacemos; el lenguaje de las manos, para hacer bien lo que sentimos y lo que pensamos.
  • Desarrollando estos principios, podemos decir que la cultura vocacional tiene tres ingredientes que nunca pueden faltar si queremos hacer de nuestra familia y de nuestra nación (…), una tierra fértil para el cultivo de vocaciones: la mentalidad vocacional, la sensibilidad y praxis vocacionales (P. Amadeo Cencini).
  1. La mentalidad vocacional (lenguaje de la cabeza) es el marco geológico que nos permite reconocer la presencia y el plan de Dios en historia y en la vida de cada persona. Se trata de una mirada de fe que interpreta la realidad desde una perspectiva divina, asumiendo la responsabilidad personal y comunitaria de colaborar con Dios en la construcción de su Reino. Se refiere a comprender desde Dios, que la inclinación a alguna actividad no es ajena a la vida permitida por Dios en cada persona.
  2. La sensibilidad vocacional o espiritualidad vocacional (lenguaje del corazón), es la capacidad de discernir la llamada de Dios en la vida cotidiana y en los signos de los tiempos. Se cultiva a través de la oración, la reflexión y el acompañamiento espiritual, permitiéndonos descubrir la voluntad de Dios para nosotros y responder con generosidad.
  3. Praxis vocacional (lenguaje de las manos) es la acción concreta que nos permite vivir nuestra vocación en el mundo. Se trata de poner nuestros talentos al servicio de la Iglesia y sociedad, siguiendo el ejemplo de Jesús. Esta praxis se concreta en una acción educativa y pastoral que promueve y acompaña a las vocaciones, utilizando una metodología y pedagogía adaptadas a la realidad y necesidades de cada persona en su proceso vocacional.
  4. La mentalidad vocacional es como una brújula que guía a la cultura vocacional. Es la teología detrás de la comprensión cristiana que reconoce la acción del Señor en la historia y en la vida de cada persona, interpretando la realidad bajo el prisma del plan divino (Jer 29,11).
  5. Aunque cada familia se encuentra inserta en un contexto social distinto y con distintos niveles en cuanto a su formación cristiana, es necesario enfatizar que existen cuatro principios teológicos que nunca deben de faltar en una buena formación de la mentalidad vocacional.
  6. La vocación es un don de Dios. La vocación no es un logro humano ni un camino por elegir entre otros, es un llamado gratuito de Dios. Nace de su amor y voluntad, sin depender de méritos o capacidades. Es una iniciativa divina que llama a cada persona por su nombre, confiándole una misión específica en la Iglesia y en el mundo (Jer 1, 4-7).
  7. La vocación requiere una respuesta libre. La vocación no es una imposición, sino una invitación a la que cada persona responde libremente, como María, que responde libremente a la invitación del Ángel para ser la Madre de Dios (Lc 1,38) implica una adhesión personal y comunitaria a Cristo y a su Evangelio. Es una decisión de fe que exige una conversión constante y una disposición para seguir la voz de Dios, incluso cuando desafía nuestros deseos y proyectos.
  8. La vocación es un camino de crecimiento personal. La vocación no es un camino estático, sino un proceso dinámico y progresivo que se desarrolla a lo largo de toda la vida del bautizado. Requiere de una formación permanente que impulse la maduración humana y cristiana, y, por lo tanto, la respuesta al llamado de Dios. La vocación busca la integración armónica de las dimensiones afectiva, intelectual, espiritual y apostólica de la persona. “Yo planté, Apolo regó, pero quien hizo crecer fue Dios. Por tanto, no cuenta ni el que planta ni el que riega, sino Dios, quien hace crecer” (1 Cor 3,6-7).
  9. La vocación es una realidad eclesial. La vocación no es un proyecto individualista, sino una realidad que se vive en el seno de la comunidad cristiana. Se expresa en la diversidad de estados de vida y de servicios, enriqueciendo y evidenciando la belleza de la Iglesia como un cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios, llamado a la comunión y a la misión (1 Cor 12,12-27; 1 Pe 2,9).
  10. Los ingredientes de la cultura vocacional.
  11. La sensibilidad vocacional es el latido que anima la cultura vocacional. Es la disposición del corazón que busca y responde a la llamada de Dios, es una apertura a su voz que se manifiesta en la conciencia, los acontecimientos y los signos de los tiempos (Sal 27,8; Is 26,9; Lc 12, 54-56).
  12. Escuchar, discernimiento y compromiso son las notas que caracterizan a un corazón con sensibilidad vocacional. Estas tres notas expresan el amor a Dios y al prójimo, que se nutren de la oración, la Palabra de Dios, los sacramentos y el acompañamiento espiritual.
  13. La sensibilidad vocacional no es un lujo. Sino una necesidad. Todos los cristianos estamos llamados a vivir nuestra vocación con alegría y fidelidad. Es el corazón que late en la cultura vocacional, junto a la mente que comprende y la acción que transforma. Para desarrollarla se necesita:
  14. Raíces profundas: La sensibilidad vocacional no es un sentimiento fugaz, sino una dimensión esencial del ser humano que integra cuerpo, mente, corazón y espíritu, resonando en la totalidad de la persona.
  15. La gracia de Dios: La sensibilidad vocacional es un regalo de Dios, una gracia que se ofrece a todos los bautizados. Es un tesoro que se debe descubrir, cuidar y hacer crecer, con la ayuda de la comunidad y la Iglesia.
  16. Responsabilidad compartida: La familia, la Iglesia y la sociedad tienen la responsabilidad de educar en la sensibilidad vocacional. El testimonio de padres, educadores, pastores y consagrados es esencial para mostrar la belleza de la vocación cristiana (Mt 5, 16).
  17. Disponibilidad al servicio: La sensibilidad se traduce en un seguimiento radical de Cristo, un servicio desinteresado a los hermanos y un testimonio vibrante del Reino de Dios. Es una expresión de la caridad, un anhelo por cumplir la voluntad de Cristo y colaborar en su obra de salvación (Mt 20,28;  1Cor 9,16; 2 Cor 5, 14).

Agradezco, amable lector, continuar con este tema interesante en el siguiente mes.

Te espero…