Los niveles de la vocación

Sem. José Adrián Ortiz Salgado
Alumno de I de Discipulado

“Y llamó a los que Él quiso para que estuvieran con Él” (Mc 3,15).

Nuestra vida está marcada por preguntas sobre nuestro destino y sobre cómo entender la vocación dentro de nuestro entorno. Es importante reconocer que existen distintos factores que influyen en nuestras decisiones; a estos factores se les puede llamar niveles de la vocación.

El primer nivel es el conocimiento de uno mismo. Esta etapa es fundamental, ya que el autoconocimiento permite tomar decisiones libres y responsables. Saber quién eres te ayuda a actuar adecuadamente en momentos importantes y a comprender mejor cómo relacionarte con los demás.

El segundo nivel es la relación con los demás. Este aspecto permite reconocer los distintos entornos en los que podemos desarrollarnos y cómo cultivar los dones que Dios nos ha regalado. Además, fortalece las capacidades humanas y nos ayuda a responder como personas maduras y comprometidas.

El tercer nivel es la relación con las cosas. Aquí se nos invita a hacer un uso justo y responsable de los bienes materiales, poniéndolos al servicio de los demás. Ejemplo de ello son san Francisco y santa Clara de Asís, quienes no dudaron en dejar todo para servir a los más necesitados, mostrando que seguir a Cristo implica una entrega radical.

El cuarto nivel es el nivel religioso, donde se profundiza en la relación con Dios. En este ámbito se descubre la trascendencia a la que cada persona está llamada.

Todos estos niveles se comprenden plenamente cuando la persona se encuentra con Cristo resucitado. Por ello, la vocación es cristológica: Cristo es el centro que da sentido a todo el proceso. La vocación consiste, en esencia, en estar con Él, convivir con el Amor, donde nuestras dificultades pueden afrontarse de una mejor manera. Esto recuerda el oficio de lectura de la memoria de santa Escolástica, donde san Ambrosio afirma: “pudo más porque amó más”. Esta frase refleja cómo la vida de esa mujer estuvo marcada por el amor. Cuanto más se ama, más se es capaz de dar y de lograr.

Por tal motivo, la vocación solo puede entenderse desde el amor. Como dice San Pablo, “el amor es paciente y bondadoso”, entre otras cualidades. Es en ese amor donde la vocación encuentra su verdadero sentido.